Hay días que la gente normal recuerda toda su vida: su boda, el nacimiento de un hijo, su primer día en un trabajo. Y hay días que un deportista del más alto nivel tiene más grabados, como su primer podio, su primer Mundial En el caso de Marc Márquez son muchos, muchísimos. Tantos como ocho títulos, 83 victorias, 57 en MotoGP.

Pero, sin duda, este triunfo en Sachsenring, el 20 de junio de 2021, cuando se retire será una de las jornadas que más vívidamente le vendrá a su memoria. Y, en general, también a la memoria colectiva de los fanáticos del motociclismo y el deporte. Porque su triunfo en Alemania fue mucho más que eso, fue como cerrar el círculo a una historia de superación con las que en Hollywood harían una película. Lacrimógena, pero de calidad, como no podía ser menos.

Y es que Marc lloró. Ya lo había hecho en Portimão, cuando retornó tras su lesión, tras esas tres operaciones en el húmero derecho, que no sólo llegaron a poner en peligro su carrera deportiva, sino también su movilidad personal. «A finales de año tenía miedo, pero más que no poder volver a ganar, era por mi brazo. No estaba preocupado por el motociclismo, sino por mi vida. Fue muy difícil», soltó rememorando cuando le costaba hasta levantar un vaso para tomar agua.

Sin duda fue una jornada muy especial. «He tenido muchas buenas victorias, pero emotivas como esta, pocas o ninguna. Nunca tuve una tan necesitada», soltó en frío. En caliente había sido igual de rotundo: «Es uno de los momentos más importantes de mi carrera».

Por supuesto, tenía que ser en Alemania. Cuando algunos pensaban que no podría alargar su racha de diez victorias seguidas en este trazado, lo hizo. Hubo varias claves, como una salida excelsa: de quinto a segundo. Poder superar rápido a Aleix Espargaró y poder trazar a su gusto. También una pizca de ayuda del cielo, con cuatro gotas que hicieron que el resto dudara y él, apretara. Y una dosis de gestión final ante el empuje de Miguel Oliveira.

Eso es lo que vio todo el mundo, pero él confesó, como suele ser habitual cuando ya no necesita esconderse en la previa, detalles. Como una conversación con Alberto Puig. «Me llamó y me dijo: ‘¿Sabes en qué semana estás?’. Le contesté: ‘No hace falta que me lo recuerdes'». Esa exigencia se la trasladó a sí mismo. «Había presión, pero la puse yo. A veces, cometes errores cuando no hay presión. Me puse nervioso antes de la carrera, cosa que no pasó en Mugello o Barcelona. Sabía que tenía una oportunidad. En Le Mans no la aproveché. Aquí significaba hacer una carrera decente y estar en el podio sí o sí», reconoció. Y vaya si estuvo.

El octocampeón quiso agradecer a todo el mundo su triunfo, pero destacó otra llamada: de Mick Doohan. El pentacampeón le contó su experiencia, su grave lesión en Assen en 1992, y como sufrió y resurgió. Marc se sintió identificado. Y ahora más todavía.

Sin embargo, para el catalán eso no es todo. Es sólo un escalón en su ascenso a la cima. «Este día me hace enorgullecerme más del pasado. En el deporte no debes pensar en el pasado, yo vivo el presente. Es importante, pero no es donde quiero estar. La situación no está pasada. La victoria compensa el sufrimiento, pero no se acaba todo. Sirve porque ves que llegan las cosas, que no es imposible. Es un extra de motivación y en Honda estábamos muy faltos de ella», proclamó.

Él no dudó que resurgiría, su hermano, tampoco. Ni su equipo o sus rivales. Ya sólo queda por ver cuándo vuelve a ser campeón. Eso y lo que llorará entonces él y lo que hará llorar a muchos.

S.B